viernes, 1 de mayo de 2009

Un reflejo inesperado (parte II)

Aún no sé la verdadera razón por la cual ella me lo regaló habiéndole gustado tanto. Cuando lo miré el 25 de diciembre en mi cuarto quedé petrificado, ¡jamás me habían regalado una cosa así! Linda dejó una nota en el espejo:

Querido Santiago:

Espero que te guste mi regalo, sé que es algo extraño pero confío en que te gustará tanto como a mí.

Cada vez que te mires en este espejo, necesito que tengas en mente una sola cosa y la guardes en tu memoria: al pararte enfrente siempre encontrarás reflejada a la persona que más quiero en este mundo.

Nunca lo olvides, te amo y siempre te amaré.

Tu mamá.

¡Qué regalo tan original y con tanto significado! Con mayor razón quedé encantado con el.

Diario me miraba en el antiguo espejo, me ayudó mucho en los momentos de afeitarme, al menos ya no recurrí al pequeño espejo que tenía y así evité varios accidentes con la navaja.

La noche posterior después del incidente de no poder dormir, tuve un sueño muy extraño; me encontraba en mi habitación sentado al borde de mi cama cuando de repente el espejo comenzó a llamarme, repetía mi nombre constantemente con una voz sumamente delicada y angelical. Al escucharla, un escalofrío recorrió mi cuerpo y me estrujó los huesos. Me acerqué al espejo y al mirarlo, mi reflejo no estaba ahí. En ese momento desperté empapado, con un frío sudor en todo mi cuerpo. Me levanté aterido y me dirigí al tocador para mojarme el rostro, necesitaba canalizar mis pensamientos a otra cosa que no fuera lo acontecido hace unos minutos.

–Sólo fue un sueño– repetía angustiosamente sin descanso y al secarme la cara me dirigí nuevamente a mi cuarto, quise comprobar que sólo había sido una espantosa pesadilla, así que tomé una bocanada de aire y me dirigí al espejo sin pensarlo dos veces…

Y ahí estaba mi reflejo como siempre, mi semblante denotaba una frágil palidez pero no había nada fuera de lo normal o extraño.

Hasta que mis ojos se cerraron por un segundo...

…Sólo un parpadeo…

…Y todo cambió…

Mi rostro ya no era el de antes, tampoco mi fisonomía, había sido remplazada por un ser sumamente divino, irradiaba luz, su belleza era inexplicable, ni las palabras más preciosas se acercarían a ese singular y único encanto.

Era una chica, la chica de mis sueños, la mujer perfecta, insuperable. Me quedé sin habla, inmóvil e hipnotizado ante su hermosura celestial, al mirar aquellos ojos de color indefinido sentí un estremecimiento en mi cabeza y claramente pude escuchar mi nombre dentro de mis pensamientos.

Había sido ella… ella, me quería, me buscaba. ¿Para qué? No lo sé, lo único que comprendí en ese momento fue que tenía que ayudarla.

Su rostro era inescrutable, místico y sus labios eran como dos pequeños y frágiles pétalos de rosa que reposaban en una piel tersa y nívea, toda su figura emitía luminosidad. Al pasar los segundos, me percaté que la radiante dama no hablaba, sólo me observaba.

… Volví a parpadear…

Y la bella figura desapareció dejando mi opaco y oscuro reflejo.

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